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EL ENCUENTRO DE LAS RAZAS
Una crónica poco florida


 



Vodú y Magia En Santo Domingo
Carlos Esteban Deive


Días después del descubrimiento de Quisqueya, cuando Colón recorre la costa noroeste de la isla el 5 de diciembre de 1492, se va a iniciar un dramático y complejo proceso de relaciones raciales y culturales entre españoles y aborígenes. Lo que mas llamara la atención de los fatigados navegantes será la bondad de la tierra y la prestancia física de los nativos, para la cual no escatimaran elogios:
Dijeron los cristianos al Almirante que era toda gente más hermosa y de mejor condición que ninguna otra de las que habían hasta allí hallado; pero dice el Almirante que no sabe como puedan ser de mejor condición que las otras…
Cuando a la hermosura, decían los cristianos que no había comparación, así en los hombres como en las mujeres, y que son blancos mas que los otros, y que entre los otros vieron dos mujeres mozas tan blancas como podían ser en España. Dijeron también de la hermosura de la tierra…

La galanura de las mujeres tainas no basta, desde luego, para explicar ni la pretendida falta de prejuicios de los españoles, ni los cruzamientos de estos con los aborígenes. La razón fundamental de estas tempranas mezclas hay que buscarla en la carencia de mujeres blancas y, sobre todo, en la larga continencia de los españoles forzosamente observada durante la travesía oceánica. Como dice Morner, “la satisfacción de un instinto natural no debe confundirse con actitudes estéticas y sociales. De hecho, el holandés del siglo XVII no vaciló en mezclarse con las boquimanas del África del sur, probablemente las mujeres mas feas del mundo desde el punto de vista europeo. 2

La facilidad con que los españoles se unieron a las tainas en concubinato obedece a la práctica de la poligamia característica de la estructura familiar del nativo quisqueyano. Fernández de Oviedo, católico e ignorante de la extensión de esta práctica, la describe como sacrílega e inspirada por el diablo:
…en esta isla cada uno tenía una mujer, e no más, si no podía sostener más, pero muchos tenían dos e más, y los caciques o reyes tres e cuatro e quantas querían…

La opinión del cronista acerca de las mujeres tainas no es, en verdad muy piadosa, ve en la mayoría de ellas las mayores bellacas y mas deshonestas y libidinosas mujeres que se han visto en estas Indias y partes 4
Nada tiene de sorprendente, pues, que los españoles, ávidos de placeres, establecieran desde muy temprano relaciones sexuales con ellas. Estas relaciones comienzan –hasta donde hay documentación al respecto- tras el regreso de Colon a España de su primer viaje y la fundación del Fuerte de la Navidad, y son causa de los primeros conflictos entre los europeos y los aborígenes, por una parte, y entre los propios españoles, por otra.

El concubinato con las indias quisqueyanas constituyó un aspecto mas de la esclavitud a que fue sometido el nativo. Los españoles obtenían mujeres por muy diversos medios, ya por la fuerza, ya como regalo de algún cacique, ya a través de la encomienda. A pesar de la reprobación de la iglesia, las uniones libres y poliginicas fueron muy numerosas –sobre todo en los primeros años – y de ellas surgieron los primeros criollos. Un informe de 1519, citado por Konetzke, señala que en Santo Domingo había “muchos mestizos, hijos de españoles e indias”, generalmente nacidos en estancias e ingenios 5. Aunque el doctor Álvarez Perelló sostiene que la población dominicana actual muestra un 17% de componente indio mezclado con el blanco y el negro 6, la dilución de ese componente en el proceso de miscegenación de la sociedad criolla convierte ese mestizaje en irrelevante para la historia social de Santo Domingo.

El proceso de colonización, caracterizado en un principio por el trabajo minero y, mas tarde por el azucarero, obligó al español, tal como se ha dicho, a introducir en la isla en calidad de esclavo – en vías de extinción la mano de obra indígena – al negro africano. Por tal motivo, el producto de la miscegenación hispano indígena quedó también según Tolentino, “fuera de las relaciones de producción amo- esclavo que creó la factoría azucarera 7. El elemento sustitutivo, no solo en términos de esa relación, sino también de mestizaje fue el hombre de color. Santo Domingo es, racialmente hablando, una comunidad mulata, según acertada expresión de Pérez Cabral. La misma avidez sexual que condujo al español a unirse con las indias, hizo que este tuviese reparo alguno en mezclar su sangre con la de la mujer negra.

Si las relaciones extramaritales con las indias fueron objetos de escándalo e intervenciones por parte de la iglesia y la Corona, no sucedió lo propio –al menos en el mismo grado- con las mantenidas con la mujer negra. El esclavo de color ocupaba una posición inferior en la escala del status legal establecido por la costumbre y las relaciones de clase, y el hecho de que esa mujer se considerase como propiedad y simple instrumento que podía usarse cuando se quisiera, trajo como consecuencia que las uniones sexuales con ella fueran la mas de las veces temporales e irregulares y, por lo tanto, vistas con mas benevolencia. Muy frecuentemente, además, la mujer negra, aun cuando estaba obligada a ser sexualmente complaciente con su amo, se daba cuenta de que esa complacencia podía producirle beneficios en el sentido de constituir una vía de ascenso social o de mejoramiento de su situación de esclava y la de sus hijos, sobre todo cuando es estos tenia lugar un “blanqueamiento” progresivo que les permitía ganar el status legal y social de sus padres blancos8 De ahí que el oidor Solórzano dijese, refiriéndose a los mulatos, que ordinariamente nacían de “adulterio o de otros ilícitos y punibles ayuntamientos” 9. Las uniones eran, en cambio, muy raras.

De todos modos, es necesario indicar que las relaciones raciales vienen siempre condicionadas por la situación colonial, la cual varia de acuerdo con las ideologías predominantes. En este sentido, van der Berghe divide esas relaciones en dos tipos claves: el paternalista y el competitivo. El primero corresponde al modelo amo- sirviente propio de sociedades complejas pero preindustriales en las cuales la explotación agrícola y artesanal constituyen la base de la economía. Un ejemplo de este tipo de relaciones es el que se da en la sociedad esclavista de régimen de plantación azucarera. En estas sociedades, la división del trabajo se establece especialmente a través de la raza y el sexo. Mientras los grupos subordinados se ocupan de las labores manuales y domesticas, la casta dominante monopoliza para su beneficio exclusivo las funciones administrativas, políticas y profesionales, dicotomía esta que impide toda competencia interracial. La casta dominante justifica entonces su poder y explotación mediante un despotismo benévolo que ve el grupo subordinado como incivilizado e inferior. La distancia que separa a un grupo de otro esta regulada mediante una minuciosa y elaborada serie de normas suntuarias y protocolares, pero la benevolencia que esta en la base de ese despotismo permite, sin embargo, cierta “distante intimidad” entre amo y esclavo. La homogeneidad de la casta dominante y el poder coercitivo que ejerce determinan que la mezcla de razas tenga la forma de concubinato institucionalizado al que esa casta mira y acepta como una más de sus prerrogativas.10 Este fue, in duda, el tipo de relación racial existente en Santo Domingo hasta el siglo XIX. Su persistencia y características son razones que explican la presencia, en la población dominicana actual, de un fuerte porcentaje de mulatos.

Ahora bien, la miscegenación racial, tanto mestiza como mulata, carece de significado biológico y, como dice Comas, no es [ni buena ni mala. 11 Más importante desde el punto de vista histórico que el simple intercambio biológico es el que da lugar a un proceso social que la antropología norteamericana ha denominado transculturación,12 la cual comprende aquellos fenómenos que resultan del contacto permanente y directo entre grupos de individuos de diferentes culturas con los cambios consiguientes en las pautas culturales originales de uno o de ambos grupos.

El grado de diferencia cultural entre españoles y taínos, unido a las circunstancias del contacto y a la situación de subordinación de los segundos a los primeros dieron como resultado final la prácticamente total extinción de la cultura aborigen quisqueyana. Las supervivencias de esta cultura que todavía pueden observarse fueron transmitidas por el esclavo africano y se refieren sobre todo a elementos de la vida cotidiana criolla, tales como formas de trabajo, métodos de producción, instrumentos y dietas alimenticias.

Muy distinta, en cambio, es la situación que se plantea en el contacto entre negros africanos y blancos españoles. Si el indígena taíno terminó por extinguirse, el esclavo transplantado de las costas occidentales africanas logró adaptarse a su nuevo hábitat, y su prolongada permanencia en suelo dominicano, renovada periódicamente mediante nuevas inyecciones de mano de obra, hizo que muchos de los rasgos de sus culturas se fundiesen con la española. Mas, para comprender a cabalidad el proceso negro- hispano de transculturación, es indispensable no perder de vista las condiciones peculiares en que el hombre de color se mantuvo en Santo Domingo.

El negro africano llegó a esta isla en calidad de esclavo, y como tal no sólo completó, con su trabajo forzado, la actividad del español conquistador, sino que influyó poderosamente en la organización económica y social de la colonia. Es, por tanto, su situación de esclavo la que señala, como trazo fundamental, su presencia en santo Domingo. A causa de esta situación, el hombre africano pasó a América con sus culturas quebrantadas. Desprendido violentamente de su tierra, integrado de la misma manera a una sociedad distinta a la suya, en la que vivía en absoluta subordinación, este hombre tuvo que pasar por la trágica y traumatizante experiencia de ver cómo eran destruidas sus estructuras tribales y políticas, sus formas de vida familiar y, en fin, todos aquellos elementos que conformaban sus creencias, valores y actitudes frente a la vida. Es evidente, por tanto, que mientras en su solar nativo podía expresar a plenitud toda su capacidad cultural, al ser trasvasado a Santo Domingo esa capacidad sufrió una fuerte perturbación, resultando profundamente perjudicados los patrones culturales de que era portador. De ahí que, en la actualidad, no pueda hablarse de civilizaciones o culturas neoafricanas en América – y mucho menos en Santo Domingo-, sino de culturas negras o, mejor, de restos de esas culturas.


Visión amarga del negro

A diferencia de otros países, como Cuba, Haití y Brasil, donde las investigaciones antropológicas han podido revelar y analizar numerosos rasgos de culturas negro africanas, en Santo Domingo las influencias ejercidas por los diversos grupos étnicos venidos del continente negro nunca habían despertado como ahora el más minimo interés de los historiadores, sociólogos y folkloristas tradicionales. Viejos prejuicios raciales, amén de un entendimiento de la historia teñido de etnocentrismo, impidieron sondear y apreciar en su justa medida el rico fondo etnográfico del hombre de azabache y, consecuentemente, sus aportaciones a la cultura dominicana.

Hablar del negro, preocuparse por él, estudiarlo, no era de buen tono. Lo negro careció en Santo Domingo de apologistas porque recordaba –con harta molestia – ingratos atavismos que era preferible relegar al rincón del olvido. A juicio de nuestros caucásicos, muy a menudo con antepasados a quienes el impío sol del trópico se ha complacido en tostar un poco la tersa epidermis, no convenía degradar la “raza”, sino mejorarla, y traer a cuento el África sensual y tenebrosa, plagada de hechicería y salvajes, era una actitud que en nada favorecía a los destinos patrios.

Esta actitud de desprecio hacia el negro hunde sus raíces en la época colonial, pero encuentra su expresión más moderna en las largas y trágicas luchas que Santo Domingo debió librar, en el siglo XIX, contra la República de Haití. Las invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822 determinaron las características del conflicto de los pueblos que, hasta hoy, permanecen separados por odios, recelos e incomprensiones mutuas, fruto todo ello de una falsa interpretación de los hechos históricos. La tesis de la “indivisibilidad” de la isla, propugnada por Haití, no sólo fue rechazada armas en mano por la nueva nación dominicana, sino que su refutación halló un fértil asidero ideológico en la “enorme” distancia que en términos de raza y cultura, separaba inevitablemente a los dos países . Este doble prejuicio aparece claramente expuesto en no pocos historiadores, quienes no tienen reparo alguno el tildar con los más denigrantes epítetos al pueblo haitiano y su cultura sui generis. Y claro está, no podían faltar en esa lista “negra” el vudú, la antropofagia y las supersticiones más rampantes, amén del desprecio por una lengua, el creole, que es calificada de nefanda , solo por ser hija del pueblo que la formó. La incomprensión ha alcanzado ribetes tales que, según algunos, la esclavitud del negro en la porción occidental de la isla fue un mal menor comparado con la posibilidad de que el pobre pudiera haber sido comido por las fieras selváticas de la ignominiosa África.

Es evidente que la virulencia de estos juicios se explica, aunque no se justifica, si se tienen en cuenta los continuos intentos de dominio de la parte oriental de la isla por los haitianos. A mi juicio, la tesis de la “indivisibilidad” puede ser lógica para los haitianos, pero esto no significa que los dominicanos tuvieran que aceptarla para poner remedio a una situación política del vecino país. Pero una cosa es el rechazo a la penetración haitiana, y otra muy distinta la incomprensión teñida de prejuicios de nuestros historiadores hacia un pueblo cuyo único “delito” es el tener sangre negra en sus venas.

Haití es, pues, para muchos intelectuales dominicanos, sinónimos de oscurantismo y barbarie, y su pueblo sólo un “atajo”de salvajes africanos” y de “sádicos negros criminales”. En realidad, el antihaitianismo de la vieja guardia y de las clases dirigentes procede, tal como señala la socióloga Lil Despradel,15 de tres factores: el económico, el cultural y el racial, pero su expresión más clara está contenida en los dos últimos.

Las divergencias de orden cultural entre Haití y santo Domingo son evidentes y no precisan de mayores comentarios, pero es bueno aclarar que tales diferencias se muestran más bien a nivel de los grupos letrados que de la gente llana. Como ejemplo de lo dicho podemos señalar que una de las razones allegadas por el general Bonnet ante Boyer como obstáculo a la anexión: el hecho de que los oficiales haitianos pretenderían imponer sus concubinas a las familias españolas habituadas al matrimonio,16 si se explica en ciertas capas no se compadece con la autentica realidad del pueblo dominicano. El concubinato fue desde la época colonial, y lo sigue siendo aun, una de las características más genuinas de la estructura familiar criolla, y las quejas de sacerdotes al respecto vienen a confirmarlo. Basta recordar que la obra ministerial de la iglesia estaba dirigida ya a fines del siglo pasado a poner remedio a esa situación. El padre Otero Nolasco, que había visitado algunas comunidades en compañía de Meriño cuenta cómo el ilustre prelado ponía énfasis en hacer notar a los fieles las ventajas y la moralidad del matrimonio en oposición a lo que el sacerdote, lleno de injusta indignación, llamaba “esa maldita cadena de concubinato tan común en nuestros pueblos, tan perjudicial en nuestras familias, tan deshonrosa en nuestras sociedades”17

Lo verdaderamente importante, sin embargo no es la existencia de diferentes culturas entre ambos pueblos, sino la aversión que los historiadores dominicanos tradicionales sintieron siempre por las manifestaciones culturales haitianas de origen africano, consideradas como “perniciosas” y, por tanto, opuestas al prístino legado hispánico vigente en las costumbres criollas. Es aquí en este punto, donde el prejuicio cultural se enlaza con el racial, pues, en efecto, si la cultura haitiana es indeseable, tal visión no obedece a otra causa que la que define al negro africano, por el simple hecho de ser negro, culturalmente inferior al blanco. Apenas sorprende, por tanto que Américo Lugo solicitara la desafricanización de la frontera, aduciendo – en la defensa hecha ante la Suprema Corte de Justicia, en 1907, de Julián Reyes, acusado de la comisión un crimen- que los moradores de esa región ni siquiera “son efectivamente dominicanos, por hallarse completamente haitianizados, y ni siquiera haitianizados sino africanizados por virtud de la fatal regresión del individuo a sus orígenes en cuanto queda abandonado a sí mismo,”18 de donde se desprende que el negro africano es, por su misma constitución biológica, un criminal nato.
Argumentos más o menos similares esgrime otro historiador para oponerse a la penetración y permanencia de los haitianos en suelo dominicano. Para Peña Batlle, el haitiano

que nos afecta y atrae nuestra vigilancia es el que integra la más baja expresión social del otro lado de la frontera. Ese tipo, netamente indeseable, de raza netamente africana, no puede representar ningún estimulo étnico, pues desposeído en su propio país de medios de subsistencia, constituye allí mismo una carga inútil, no tiene ningún poder adquisitivo y no puede por tanto constituir un factor apreciable en nuestra economía.

El prejuicio racial de Peña Batlle aparece aquí escondido bajo el pretexto económico, pero no s menos evidente si se tiene en cuenta que la indeseabilidad social de ese tipo de haitiano agrega su característica racial, incapaz de “estimular” étnicamente al pueblo dominicano.


1. Colón: op. Cit, págs. 87-8

2. Morner: op. Cit., pág. 33

3. F. Oviedo: op. Cit., págs 118-20. Según indica Konetzke, el surgimiento del mestizaje en América fue posible debido a que los españoles tenían una forma de convivencia libre entre hombre y mujer llamada barroganía, convenio de amistad y solidaridad entre personas de diferentes sexo que, aun cuando podía ser disuelto por voluntad de los contrayentes, era tambien factible de conservar su validez de por vida. “En las postrimerías de la edad media – agrega Konetzke-, regulaban este concubinato disposiciones legales que fijaban tambien la posición jurídica de la mujer y de los hijos”. Ver, Konetzke: op. Cit., pág. 79.

4. F. Oviedo: op. Cit, pág. 119 Tolentino trata este tema de las relaciones sexuales entre españoles y nativas en el capítulo II de su obra ya mencionada, pero lo hace dentro del contexto general del tema relativo al prejuicio racial.

5. Konetzke: El mestizaje y su importancia en el desarrollo de la población hispanoamericana durante la época colonial . Revista de Indias, Madrid, 1946, págs. 22-3.

6. José de Js. Alvarez: La mezcla de razas en Santo Domingo y los factores sanguíneos, Revista Eme-Eme, V. II, No. 8 Santiago, 1973, págs. 67-98. El doctor Alvarez aclara que el componente indio observable en la actual población dominicana no se halla uniformemente distribuido por todo el territorio nacional. “En los centros urbanos y en las llanuras que fueron muy accesibles al conquistador español, encontramos muy poca influencia de la raza aborigen; en cambio, en las regiones montañosas y en los sitios que han permanecido más aislados, la influencia de la raza primitiva se manifiesta en una forma evidente”

7. Tolentino: op. Cit., pág. 99.

8. Bastide: El prójimo y el extraño. El encuentro de las civilizaciones, Buenos Aires, 1973, págs. 81-3. Acerca del progresivo “blanqueamiento” de los descendientes de españoles y negras, dice Konetzke: “Las características de la raza negroide mostraron ser más resistentes en comparación con los de la raza india, cuando los grupos subsiguientes de mestizos recibieron cada vez mas sangre europea. La desmestización y la reconstitución del tipo paterno blanco no se producen en este caso antes de la quinta generación. En el cruzamiento de mulatos con la población blanca se aprecia tambien el fenómeno del atavismo del mestizaje, por el cual en un mestizo posterior generalmente en la tercera o cuarta generación, reaparecen súbitamente características negroides”, América Latina, Tomo II, pág. 84.

9. Juan de Solózarno: Política indiana, Madrid, 1930, Tomo I, pág. 445.

10. Pierre L. Van den Berghe: Problemas raciales, México, 1971, págs. 57-61

11. Juan Comas: El mestizaje y su importancia racial, Acta amaericana, Austin, 1944, pág.24.

12. En realidad, el verdadero vocablo, de origen sajón, es aculturación, acculturation. Prefijo, sin embargo, el de transculturación, inventado por Fernando Ortiz, y de uso común en toda Latinoamérica.

13. L. Redfield, R. Linton y M. J. Herskovits: Memorandum on the Study of Acculturation, en American Anthropologist, XXXVIII, 1936, págs. 149-52.

14. El taíno tuvo como cultivo básico la yuca, y como alimento el casabe, cuyos instrumentos de producción y elaboración todavía perduran en la dieta dominicana. A partir del siglo XVI, el cazabe empezó a sustituir al pan bizcocho que los navíos españoles portaban como alimento principal de sus tripulaciones, por lo que vino en llamarse pan-cazabe. Los esclavos africanos aprendieron la técnica del cultivo de la yuca y de la preparación del cazabe, que pasó tambien a ser parte importante de su comida. Sobre este último punto escribe el licenciado Echagoian: “El mantenimiento de estos negros de estancias e ingenios, y de los que están en la ciudad trabajando, y sirviendo a sus amos, que será por todos veinte mi negros, es comer casabí, que se hace de una raíz que ponen en montones; que cuando está crecida y gorda en el montón esta raíz, la raen y lo que raen lo lavan, y con el molde que tienen para ello hacen una torta muy grande algo tostada, y de esta raíz se apura má0s y se hace otro casabí muy delgado, sabroso de comer y que se llama sablao”, en Rodríguez Demorizi: Relaciones...Tomo I, pág. 131. Elementos materiales de la cultura taína trasmitidos por el esclavo negro son la canoa y la hamaca, las maracas y otros. En cuanto a los métodos e instrumentos de producción conservados y de suso actual, se puede citar el sistema de pesca por encandilamiento, el ahumado para la conservación de la carne, el cultivo de roza y el empleo de cuaba para encender fogones y alumbrar caminos. Ver Marcio veloz Maggiolo: Supervivencias culturales aborígenes en Santo Domingo, Revista Helios, Sto. Dgo., 1974, págs. 21-23.



15. Lil Despradel : República Dominicana: las etapas del antihaitianismo, Revista Ahora! Nos. 496-8-1973.

16. Comentando por Dante Bellegarde; Histoire du peuple haitien, Port-au-Prince, 1953, pág. 129.

17. Carta del Padre Otero Nolasco en viaje con Meriño, 1887. En H. Hoetink: El pueblo dominicano: 1850-1900. Apuntes para su sociología, Santiago 1971, pág. 253. Ramón Gonzalez Tablas, capitán de infantería de las tropas españolas que participaron en la Guerra de Restauración de la R.D. contra España, señala que los amancebamientos eran en santo Domingo “la regla común y el matrimonio la de la excepción; esta circunstancia en una nación europea daría una lamentable idea de la moral pública; pero en Santo Domingo tenía la natural razón de ser...”

18. Américo Lugo: Exposición ante la Suprema Corte de Justicia, julio de 1907, en La frontera de la República Dominicana con Haití, selección de varios autores, Ciudad Trujillo (Santo Domingo), 1946, pág.82.

 





 

 
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